Dos computadores. Una llamada. Un mundo desconocido.
Fortul · Arauca · Colombia · Frontera con Venezuela
"El que llegaba era de muerte:
ya de viejo, o por bala."
Lo primero que golpeó fue el olor. No el olor de Bogotá, no el de Putumayo, no el de ningún lugar que yo conociera. Era olor a ganado vacuno, a tierra caliente, a llanura abierta. Era Arauca.
Ganado vacuno. Las mangas de coleo. La tierra caliente de los llanos orientales.
El arpa. Ese instrumento que uno conoce de lejos y que allá era el aire mismo del pueblo.
"Camarita." "Cuñado." El venezolano mezclado con el colombiano, la frontera hablando sola.
Fortul era un municipio pequeño. Tres calles. Una sola las atravesaba todas. Unos dos mil habitantes que vivían con esa calma particular de los pueblos que han aprendido a convivir con lo que no se puede nombrar en voz alta. La frontera con Venezuela estaba cerca, y eso se notaba en todo: en el hablar, en los negocios, en los silencios.
Lo más llamativo era la contradicción. Un escenario deportivo enorme, desproporcionado para el tamaño del pueblo, como si alguien hubiera querido demostrar algo. Y un hospital igualmente imponente, igualmente vacío. Sin hospitalizados. La gente lo explicaba con esa naturalidad desconcertante de quien ya no se sorprende de nada:
"El que llegaba al hospital era de muerte: ya de viejo, o por bala."
— La sabiduría popular de Fortul · Arauca · 1999Llegué a trabajar en la alcaldía y el ambiente era excelente. Silencioso, ordenado, tranquilo. Nadie levantaba la voz. Nadie hacía preguntas innecesarias. Solo reinaba ese silencio particular que uno aprende a leer con el tiempo: el silencio de los que saben cosas que no pueden decir.
Las únicas personas con las que crucé palabras de verdad fueron tres: el escolta civil, el coordinador del PAB —el Plan de Atención Básico en Salud— y el alcalde. Los tres me trataron bien. Los tres me cuidaron a su manera. Los últimos dos murieron años después, de muerte natural, por COVID. El tiempo cobra sus deudas sin distingo de bando.
Yo no sabía nada de nada cuando llegué. Era un técnico de Bogotá que había arreglado dos computadores, los había llevado a una dirección, había respondido unas preguntas, y había dicho que sí cuando le preguntaron si quería trabajar fuera de la capital. La situación económica no era la mejor. Así de simple. Así de complejo.
La gente de la alcaldía me decía cosas que yo no entendía. "Usted viene a trabajar acá por el partido." ¿Qué partido? Yo no era de ningún partido. Yo era un técnico de sistemas. Pero había algo en el ambiente, en las miradas, en los sitios a los que no me dejaban entrar, en la gente que me vigilaba sin que yo lo pidiera, que me decía que estaba parado en un terreno mucho más complicado de lo que parecía.
El alcalde me lo decía con esa suavidad tan llanera, tan envuelta en amabilidad que costaba trabajo entender que era una advertencia:
"Miguelito, unos amiguitos suyos quieren conocerle personalmente."
Yo sonreía. Asentía. Y guardaba silencio. Porque en Fortul, en 1999, el silencio era la única moneda que no tenía precio político.
Poco a poco fui entendiendo. No de golpe, no con una revelación dramática. Lo fui entendiendo como se entienden las cosas en los pueblos donde todos saben pero nadie dice: despacio, por retazos, por silencios, por lo que no se hacía más que por lo que se hacía.
Arauca en 1999 era territorio de las FARC y el ELN. Solo ellos dos, sin paramilitares todavía, aunque la amenaza de que llegaran sobrevolaba todo como nube de verano. Los dos grupos se habían puesto de acuerdo para dejar de matar alcaldes —ocho asesinados, dos inválidos de por vida— y proponer uno ellos mismos: un médico bogotano, hombre bueno, hombre de bien, puesto ahí por acuerdo de dos ejércitos ilegales como si fuera lo más natural del mundo.
Y yo, sin saberlo, trabajaba para esa alcaldía. Arreglaba los computadores de esa historia. Tomaba tinto en esa oficina. Dormía en ese pueblo. Respiraba ese aire cargado de arpa y de ganado y de cosas que nadie escribía en los periódicos de Bogotá.
✦ Lo que esto le enseña a un joven ✦
No siempre sabes en qué estás entrando. La vida no te manda una advertencia antes de ponerte en situaciones que van a cambiarte para siempre. A veces es un trabajo. A veces son dos computadores que hay que arreglar. A veces es una llamada telefónica.
Lo que sí puedes controlar es cómo te comportas cuando ya estás adentro. Con honradez. Con silencio cuando el silencio protege. Con los ojos abiertos siempre. Y con la claridad de saber quién eres tú, independientemente de quiénes son los que están alrededor.
Yo era un técnico de sistemas. En Fortul, Arauca, en 1999, eso fue lo que seguí siendo. Eso nadie me lo quitó.